Relatos en la frontera

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El fenómeno migratorio de menores no acompañados que se dirigen a Estados Unidos ha traído como efecto colateral la aparición de una literatura que reivindica el fenómeno. Uno de los escritores que mejor ha reflejado el fenómeno es el mexicano Juan Pablo Villalobos con su Yo tuve un sueño

Las fronteras siempre han sido propicias a todo tipo de intercambios, pero eso fue sobre todo cuándo las dinámicas y el diálogo entre el norte y el sur era mucho más fácil que ahora.

Lo que siempre fueron, cuando las impusieron, fronteras fecundas en el trasiego de personas e ideas, ahora aparecen erizadas de espino y concertinas; quizás esto sea especialmente verdad en la frontera de México con Estados Unidos.

Además, ahora, el paso de fronteras en este caso tiene cara de niño, de niño no acompañado cuyos progenitores lo han puesto en camino en busca de El Dorado del norte, aunque muchas veces con lo único que se encuentran es con un uniforme verde de la Patrulla de Fronteras de Estados Unidos que los detiene.

Una situación dantesca

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En solo dos meses, junio y julio del año 2014, llegaron a la frontera con Estados Unidos un total de 80.000 menores no acompañados.

Si hasta ese momento se les procuraba cobijo en Estados Unidos atendiendo a su especial situación de vulnerabilidad, a partir de esa fecha se comenzó, cada vez más, a deportar a esos menores.

Con la legislación migratoria anterior, esos menores no acompañados podían ser reclamados como familiares por parientes residentes en Estados Unidos. A partir de ese momento el «guardián», así se lo llamaba tenía dos meses para armar un caso judicial y reclamar su custodia.

Con abogados de por medio, el «guardián» tenía que demostrar que la vida de esos menores corría peligro si eran deportados a su país de origen, cosa relativamente fácil si provenían de un país centroamericano, donde maras y pandillas campan por sus respetos.

Pero durante la administración Obama, que siempre se contrapone al salvajismo migratorio de Donald Trump, ese periodo de dos meses se redujo a 20 días, una auténtica epopeya para los familiares que reclaman la custodia del menor, que suficiente tienen con tener con «resolver» todos los días.

Y ahí entran en juego los escritores

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Ese fue el caos de Juan Pablos Villalobos, que aúna en su persona el ser filólogo y escritor, el cual fue llamado por una ONG en ese mismo año 2014, para que relatara el drama de los menores no acompañados en la frontera entre México y los Estados Unidos de América.

El autor de, entre otros, No voy a pedirle a nadie que me crea, tuvo la idea inicial de narrar la historia de una niña no acompañada que había logrado cruzar «al otro lado», sin embargo, el proyecto se malogró.

El problema fue que la niña, que había viajado en todo momento acompañada por una amiga, tuvo que sufrir el trauma de ver como esta moría en el camino, lo cual le había dejado profundas heridas psicológicas.

De una historia sale un libro

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Villalobos no cejó en el empeño, ni la ONG que le había encargado el relato tampoco, por lo que finalmente el pequeño relato versó sobre el periplo de otros dos niños no acompañados que lograron entrar en Estados Unidos.

Tal como estaba previsto, el relato se publicó tanto en español como en inglés y tuvo buena acogida y, sobre todo, sirvió para concienciar a la sociedad norteamericana de los dramas vitales que se ocultan tras la menuda figura de los menores no acompañados.

La acogida del relato fue tal, que un buen día Juan Pablo Villalobos recibió la llamada telefónica de un editor norteamericano que el encargo un libro dedicado exclusiva a las historias de menores no acompañados que habían llegado a la frontera de México con Estados Unidos.

Contar la realidad desde la ficción

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Como cuenta el propio Villalobos, no encontró mejor manera de relatar la realidad y sirviéndose de la ficción, hilvanando once historias de menores no acompañados que lograron llegar a Estados Unidos.

Los relatos se transforman en piezas de un rompecabezas que se completa con la integración de todos ellos en un libro que ha recibido por título Yo tuve un sueño, publicado por el sello Anagrama, que, a modo de colofón, tiene un epílogo de Alberto Arce.

Las historias ponen los pelos de punta: niños que en sus países de origen eran quemados por sus compañeros de colegio, menores que solo han encontrado, como salida a un reclutamiento forzoso por las maras, huir de sus países, o niñas que huyen del abuso sexual y la inducción a la prostitución.

Guerra urbana

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Es lo que relata en su epílogo Alberto Arce, una situación de guerra urbana que cimenta con datos concluyentes.

Uno de ellos es que en la mayor parte de los países centroamericanos la sensación de poder morir asesinado es omnipresente entre la población, así como la de ser atracados, asesinados o violados – o las tres cosas a la vez – si se viaja en trasporte público.

Datos como los que prueban que el 70% de los padres de Centroamérica prohíbe a sus hijos que jueguen en la calle. Datos como que el 40% de los habitantes de Honduras y El Salvador han pensado en huir de sus países debido a niveles insoportables de violencia.

Donald Trump impulsa las ventas

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Donald Trump, dotado de una habilidad endiablada por entrar «como un elefante en una cacharrería» en cualquier tema, también en el control de los flujos migratorios, ha logrado, con su discurso del odio, impulsar las ventas de libros que hablan de la emigración a Estados Unidos.

Ha sido Trump, con su medida de separar a adultos y niños cuando estos son detenidos por la Patrulla de Fronteras, lo que ha hecho que la opinión pública ponga el foco sobre una medida que muchos, incluso dentro de Estados Unidos, han calificado como inhumana.

Por otro lado, las medidas migratorias extremas de este constructor devenido en político y su obsesión por la construcción de un muro que separe México de Estados Unidos, ha hecho que sea muchos los norteamericanos que se hayan movilizado a favor de los emigrantes.

Un movimiento que viene de lejos

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Quizás el antecedente, dentro de los últimos cincuenta años, de la literatura que toma como tema la emigración a Estados Unidos lo tenemos en el movimiento chicano, que tomo forma con el escritor Hunter S. Thomson.

El libro fundacional de la reivindicación de la emigración chicana al «vecino del norte» lo encontramos en un Asco y miedo en las Vegas, libro que por ser hilarante no deja de ser salvaje.

En las páginas del libro encontraremos al doctor Gonzo, un abogado samoano capaz de cometer cualquier tipo de tropelía y al protagonista, Óscar Z. Acosta, que no le va a la zaga en lo que a inmoralidad se refiere.

Otra de las escritoras que se ha comprometido, y ha fabulado literariamente con ello, ha sido Valeria Luiselli en su libro Los niños perdidos, que toma como base el fenómeno de los menores no acompañados que llegan a Estados Unidos.

Un libro de interesante lectura que transita por la delgada línea que existe entre la crónica periodística y el reportaje.

Fuente – El País / Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos en Wikipedia / Juan Pablo Villalobos en Wikipedia / Casa del Libro

Imagen – John Fowler / Jairo / EL POPULAR / paula le dieu / Jonathan McIntosh / Agência Brasil Fotografias / Michael Vandon / Jay Galvin

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