Crímenes políticos en la Transición

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Los estertores del franquismo fueron muchos los crímenes que hasta ahora han quedado impunes, y de los que hoy por hoy lo único que podemos hacer es evitar que caigan en el olvido.

La lista es larga: la muerte de Manuel José García Caparrós en 1977, los asesinatos de Javier Fernández Quesada en Tenerife y Francisco Rodríguez Ledesma en Sevilla, sin olvidar el Caso Almería o la Matanza de Vitoria.

Crímenes y «guerra sucia»

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Esos y otros crímenes, muchos de ellos todavía sin resolver, los encontramos en Yo también soy víctima, estampas de la impunidad en la transición, que ha sido evitado por el sello independiente Atrapasueños.

A modo de relato periodístico, el libro lo firma la periodista de investigación Olivia Carballar, la autora ha recorrido buena parte de la geografía española para recoger indicios de muchos de los casos de asesinato que tuvieron detrás a la estructura parapolicial del Régimen.

La impunidad como común denominador

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Si por algo se califican los ocho crímenes que reúnen en el volumen es por la impunidad que rodeo a los asesinatos. Las estructuras represivas del Régimen estuvieron especialmente activas durante la Transición, con el objetivo de evitar que la democracia volviese a España.

En el libro, prologado por el periodista Antonio Avendaño, se trasluce que los familiares asesinados por la violencia parapolicial, o directamente por la policía, como en la masacre de Vitoria, nunca han sido bien tratados por la democracia española.

Sin datos oficiales

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Otra de las tragedias de los asesinatos de la Transición, es que no existen cifras oficiales de la «guerra sucia» que desplegó el Régimen para ahogar los gritos de libertad de la sociedad civil española, que finalmente logró el advenimiento de la democracia.

Un referente para entender la sangría en que se convirtieron los estertores del franquismo es el volumen La transición sangrienta, del historiador Mariano Sánchez Soler, que cifra en 591 las muertes que, en ciertos casos auténticos «escuadrones de la muerte» perpetraron entre los años 1975 y 1983.

Se trata de una prolija relación, con nombres y apellidos, de la represión del tardofranquismo y aquella letanía en la cual por disparos al aire, así lo transcribían los medios de comunicación del Régimen, cuando menos había heridos, sino muertos.

El Caso Almería

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Fue uno de los casos con los que se encontró Carballar, a mediados de los años 90, en la facultad donde estudiaba periodismo.

Además, su acercamiento se produjo a partir del trabajo del reportero Antonio Ramos Espejo, que fue uno de los que siguió la noticia en vivo y en directo, recabando el mismo los testimonios de las familias de las víctimas.

En el Caso Almería tres trabajadores de FEVE son confundidos con un el comando de ETA que había asesinado el teniente general Valenzuela; detenidos, el interrogatorio «se les fue de las manos» a un grupo de guardias civiles al frente del cual estaba el teniente coronel Castillo Quero.

Producto de las torturas los tres jóvenes pierden la vida, y los guardias civiles, para ocultar su crimen, después de balearlos y descuartizarlos, los lanzan, dentro de un vehículo por un barranco, quemando posteriormente el vehículo.

Violación y asesinato

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El primer relato del libro, estremecedor como los siete restantes, relata la violación y posterior asesinato de la donostiarra María José Bravo del Valle.

De hecho, la reconstrucción del asesinato y posterior violación la ha realizado una sobrina suya, un tema que sigue siendo un tabú en su familia. Su sobrina tenía meses cuando de produjo el asesinato.

Como otros muchos crímenes que se produjeron cuando el franquismo tocaba a su fin, el caso ni siquiera llegó a juicio, una situación incomprensible ahora que vivimos en un estado de Derecho.

Ningún fiscal o juez dedicó ni un minuto a desentrañar la trama criminal que había detrás del crimen, reivindicado por el Batallón Vasco Español, uno de los muchos grupúsculos parapoliciales que pululaban a la sombra de la dictadura.

La masacre de Vitoria

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El tres de marzo de 1976, la policía entra «a sangre y fuego» en la iglesia de san Francisco de Asís en Vitoria; en el crimen fallecen en el acto cinco personas y dos días después dos de los heridos.

Producto de los gases lacrimógenos lanzados, aún hoy, a punto de entrar en el año 2019, todavía hay personas que tienen secuelas de aquel desmán cometido por los «grises»; y con ellos ha hablado Olivia Carballar.

Desde insuficiencia respiratoria a ojos que nunca volverán a ver, son las secuelas. En el caso concreto de Andoni Txasko, perdió un ojo al día siguiente, cuando la detención estuvo adobada con una brutal paliza.

En la actualidad, y dado la inacción de la justicia española, se ha planteado un proceso legal en Argentina, país que todavía reconoce la jurisdicción universal para perseguir ciertos delitos, algo que también hacía la justicia española hasta que llegó al gobierno el PP.

Tiros al aire con resultado de muertos

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Fue uno de los múltiples casos en los cuales la fuerza pública disparaba al aire y por esas misteriosas leyes físicas que dominan la trayectoria parabólica, daban como resultado muertes.

Fue el caso del asesinato de Germán Rodríguez, que fue asesinado en el San Fermín del año 1978. Aún, a día de hoy, a su hermano Fermín, todavía se le hace cuesta arriba recorrer las calles donde su hermano resultó muerto.

Ese mismo día, producto de la saña represiva de la policía franquista, hubo cientos de heridos por pelota de goma, porrazos y por el uso de gases lacrimógenos.

Asesinado por pedir la autonomía de Andalucía

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El caso del asesinato de Manuel José García Caparrós, es otro crimen sangriento que la democracia no ha sabido resolver.

El joven, con tan solo 18 años, calló muerto, producto de un balazo, en una manifestación pacífica que pedía un estatuto de autonomía para Andalucía.

De la muerte de García Caparrós su madre no se recuperó nunca, y tres años después de la muerte de su hijo, la vida de la madre se extinguió con tan solo 45 años; el padre le seguiría pocos años después.

Las dos hermanas de Manuel José, siguen, más de tres décadas después, pidiendo a la administración de justicia que haga por resolver el caso, ya que a día de hoy se desconoce quién disparó la bala que lo mató.

Manuel José no fue el único

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Escaso días después del asesinato de García Caparrós, esta vez en Tenerife, caía asesinado Javier Fernández Quesada, un joven estudiante tinerfeño de Biología.

Javier contaba solo con 22 años y resultó muerto cuando se encontraba a las puertas de la Universidad de La Laguna.

Su familia, más de tres décadas después de ese infausto 12 de diciembre de 1977, sigue pensando que aquello no fue un tiro al aire o una bala perdida, sino que el asesinato de su familiar fue premeditado.

Francisco Rodríguez Ledesma, el caso que cierra el libro

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Fue un caso más en los que la policía franquista, en este caso al Brigada político – social, disparaba tiros al aire con resultado de muerte, cayendo asesinado, en este caso, el albañil sevillano Francisco Rodríguez Ledesma, el 8 de julio de 1977.

La muerte no se produjo en el acto, y Francisco Rodríguez Ledesma fallecería seis meses después debido a las secuelas que le produjeron resultar tiroteado.

A pesar de la represión, en este caso informativa, fueron 1000 los valientes los que acudieron a sus exequias.

Las víctimas solicitan el amparo del Parlamento Europeo

La autora de Yo también soy víctima… ha acompañado a víctimas y familiares al Parlamento Europeo que piden amparo para hallar a los culpables de esos asesinatos no resueltos, un amparo que en muchas ocasiones no han encontrado en la justicia española.

En una decisión insólita, por su transcendencia y porque todavía no se ha logrado en la Carrera de San Jerónimo, el parlamento de Bruselas ha conminado al estado español a disolver las fundaciones fascistas que todavía desarrollan normalmente su actividad en España.

Fuente – Público / Wikipedia

Imagen – Escala básica / Agenda Roja Valencia / Misko / DRs Kulturarvsprojekt / zarateman / cyriland / Mattias Mueller / Fundación Universidad de La Laguna / Fran Villena

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