Recordar el Holocausto

El Holocausto ha sido visto de diferentes maneras, incluida la primera persona en Auschwitz. Última parada, en al cual el psiquiatra Eddy de Wind se vale de un alter ego, Hans Van Dam para contar como funcionaba el campo de exterminio de Auschwitz, una macrofactoría del horror

El Holocausto o la Shoa, como la conocen en Israel, ha hecho correr ríos de tinta, y se pueden encontrar muchos libros que hablan de él: campos de concentración, el reto logístico de La Solución Final, supervivientes de los mismos que cuentan su experiencia y un largo etcétera.

En esta ocasión nos encontramos, con Auschwitz. Última parada, un relato en primera persona de lo que fue aquel campo de exterminio en el que fueron asesinados un millón cien mil seres humanos por el mero hecho de ser judíos.

El autor del libro fue un superviviente de la industria del asesinato que se instaló en ese campo de exterminio; el médico holandés Eddy de Wind que, auxiliándose solo con una pequeña libreta y un lápiz, fue capaz de narrar lo que sucedió allí.

Cosas como el humor negro que demostraban los nazis cuando en la entrada del campo, y en una leyenda de acero forjado se podía leer Arbeit macht frei, que podría traducirse al castellano como El trabajo libera.

Contado por un alter ego

Seguramente para mantener la distancia emocional y también la cordura después de haber vivido una situación por la cual cuando despertaba por la mañana no sabía si ese sería su último día, Auschwitz. Última parada está narrado por un alter ego de Eddy de Wind.

El protagonista de la historia es Hans Van Dam, que fue tan médico, tan de origen holandés y tan judío como Eddy de Wind, y que cada día, según se levantaba, tenía como leiv motiv de su jornada el seguir viviendo un día más para poder dar testimonio de lo que allí sucedía.

Una experiencia que le marcaría toda la vida

Y finalmente Eddy / Hans logró sobrevivir a dos años de exterminio, cuando las tropas soviéticas hicieron que los guardianes del campo «pusiesen pies en polvorosa»; fue en ese periodo, entre la huida de los SS que guardaban el campo y la llegada de las divisiones de Stalin, cuando Eddy pudo «pasar a limpio» su obra literaria.

Se trata de un diario, alejado completamente de cualquier veleidad literaria y donde Eddy de Wind narra el horror que se vivía todos los días en lo que fue una macrofactoría de la muerte.

No en vano el complejo de campos de internamiento de Auschwitz estaba formado por tres campos principales y 45 campos satélites más. Hoy en día solo se conserva, para la historia y como testimonio de algo que no debe de volver a pasar, el campo de exterminio más pequeño.

Un escenario dantesco

La narración del día a día de los campos de exterminio espeluzna y pone los pelos de punta y muestra que la maquinaria homicida del III Reich estaba bien engrasada y no se dejaba al albur ninguna minucia.

Si la pésima alimentación, las condiciones de vida insalubres y la dureza del trabajo no mataban a los internos, el trabajo se dejaba a las cámaras de gas, que con Zyklon – B, se podía matar en cuestión de minutos casi a 1.500 personas utilizando solo cinco kilos del malogrado pesticida.

El ritmo del genocidio era mucho mayor que la capacidad de los hornos crematorios para convertir en humo lo que momentos antes eran seres humanos, se optó por cavar trincheras.

En esas fosas comunes, de treinta metros de largo, seis de ancho y tres de profundidad, se llegaban a depositar hasta 1.000 cadáveres, en dos alturas y ordenados de manera cartesiana para maximizar su capacidad.

Una vez arrojados los cadáveres, se los recubría con madera, se rociaban con abundante gasolina, y se les prendía fuego, conformando una hoguera, que por la disolución de la grasa humana producía un olor nauseabundo.

También una historia de amor

En medio de aquel horror en el cual la primera tarea era sobrevivir, también hubo tiempo para el amor, el de Hans Van Dam con una enfermera judía, un romance que se gestó en el campo de Westerbork, un campo holandés de tránsito y donde llegaron a casarse.

Friedel y él serían ambos internados en Auschwitz, ella en el pabellón 10, centro de experimentación del siniestro doctor Mengele y el en el número 9. Solo con el fin de la II Guerra Mundial pudieron volver a encontrarse.

Ser solo un número

Otro de los procesos que utilizaban los nazis, por cuestiones logísticas y para acabar con cualquier resquicio de personalidad individual, era tatuar en el número de prisionero en el brazo de los internos.

A partir de ahí carecían de nombre y de apellidos, solo eran conocidos por el número que llevaban tatuado en el antebrazo. Desparecía su pasado y su futuro, solo tenían presente, algo que podía terminar en cualquier momento.

El número que tenía Hans Van Dam era el 150.822: a eso se reducía su humanidad, números que podían terminar el día muertos bien porque se decidiese que fuesen gaseados o por la arbitrariedad de cualquiera de los guardianes del campo.

Una vez liberado, Eddy de Wind se convirtió en un prestigioso psiquiatra especializado en traumas, y específicamente en los que se produjeron en los campos de exterminio nazi a lo largo de toda Europa.

Sin embargo, el éxito literario le fue esquivo, ya que Auschwitz. Última parada se publicó, en holandés, en el año 1946 ligada a una pequeña editorial, dentro de la órbita comunista, que quebró en aquellos años.

Esa primera edición apenas tuvo repercusión ni en Holanda, ni en el resto de los países europeos de su entorno, aunque volvió a ser publicada en los años ochenta del pasado siglo y también tuvo escasa repercusión.

Ahora, vuelve a ver la luz, esta vez publicado en 20 países europeos, incluido España, aquí por Espasa, y se espera que tenga mucho más eco, ya que se trata, además de un relato del horror en primera persona, en un canto a la vida y a la supervivencia.

Fuente – Público / Auschwitz en Wikipedia

Imagen – Jason M. Ramos / Antonio Gillardiello / Wikifreund / Hohum / Lisa Zins / Bot Multi

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