Llevar el pan a casa

El oficio de escritor no es fácil, ya que son muy pocos los que llegan a poder vivir de la literatura, y para vivir, a veces solo sobrevivir, tienen que desempeñar los más variados trabajos y oficios, como os contamos en el artículo que podéis leer a continuación de esta entradilla

Los escritores y sus familias, como el común de los mortales, suelen tener la costumbre de necesitar comer todos los días, y también otras cubrir otra serie de necesidades materiales siendo muchas las gentes de la cultura que han reflexionado sobre el comercio de productos culturales.

De una de esas reflexiones culturales ha surgido, como libro coral, en Ganarse la vida en el arte, la literatura y la música, en donde se cuenta, de una manera muy amena, como se las han ingeniado, a lo largo de los siglos, los artistas para poder vivir.

El libro se estructura con un preámbulo en el que se hace un planteamiento de la manera de monetizar el arte en cada disciplina, para posteriormente hablar de qué manera lograban, vivir, a veces solo sobrevivir, tres grandes artistas: Rubens, Beethoven y Blasco Ibáñez.

Contra la burguesía

Es, como explica el catedrático Joan Olenza, en el capítulo dedicado a Blasco Ibáñez, de la manera en la cual se creó el «campo literario», durante el siglo XIX – el término lo acuñó Pierre Bourdieu – que permitió el surgimiento de la industria editorial y que los escritores pudiesen vivir de la misma.

El «campo literario» sería un espacio artístico que nace en oposición al mundo capitalista y burgués, y es en ese siglo cuando se produce una pugna entre tres escuelas artísticas durante la Revolución Industrial.

Esas tres corrientes eran la que defendía la literatura como una actividad comercial más, una literatura con ambición por influir socialmente y la última que preconizaba el arte por el arte.

De esas tres escuelas, fue esa última, que, teniendo como adalides a escritores tan reputados como Flaubert y Baudelaire, logró imponerse en la definición asumida de arte y literatura, imponiendo su estética – autonomía en la creación – y su ética.

A tal radicalidad llegó la ética de la escuela que propugnaba aquello de «el arte por el arte» que se equiparó el éxito comercial de una obra literaria con impureza, por lo que muchos escritores, que legítimamente querían vivir de la literatura, debían de sacrificar el formar parte del «canon».

El mercado se impone

Sin embargo, ya casi desde finales del siglo XIX la industria editorial se ha regido por las leyes del mercado y del capitalismo, a veces del salvaje.

Si durante muchos años los artistas, y específicamente los escritores, podían dedicarse a juntar palabras porque tenían mecenas que les financiaban, con el devenir de los tiempos modernos, los escritores empezaron a cobrar por su trabajo.

Actualmente la actividad del escritor – o escritora – es lo que podemos denominar 360°, esto es, puede obtener ingresos no solo de los derechos de autor dimanados de sus obras, sino también de colaboraciones en prensa, traducción, participación en eventos y demás.

Esta es una de las grandes tragedias de la crisis social y económica de la pandemia del coronavirus, y es que salvo lo que es la escritura, todo lo demás ha quedado en suspenso, y lo estará en gran medida hasta que se encuentre una vacuna.

En el caso concreto del Estado español, las becas y las residencias brillan por su ausencia, y nadie que pretenda vivir de escribir puede acceder a, como en Noruega, una beca de 25.000 euros anuales para poder dedicarse en exclusiva a la creación literaria.

Trabajos alimenticios

Pero en general, el oficio de escritor tradicionalmente está y ha estado muy mal pagado, por lo que han sido legión las escritoras y los escritores que han tenido que dedicarse a otros oficios y profesiones para poder sobrevivir.

Aquí recuperamos un libro que publicó, en el sello editorial Impedimenta, Daria Galateria, y que bajo el título de Trabajos forzados y bajo el epígrafe de los otros oficios de los escritores habla de los otros oficios que tuvieron que ejercer muchos escritores muchas veces para algo tan básico como poder comer.

Vargas Llosa, para muestra un botón

El Nobel peruano, que recientemente acaba de publicar Tiempos recios, también tuvo que desempeñar diferentes trabajos antes de que su renombre literario le permitiese vivir exclusivamente de su trabajo de escritor.

Estando interno en el limeño Colegio Militar Leoncio Prado, donde su padre lo recluyó precisamente para que se olvidase de la poesía y sus veleidades literarias, se ganaba unos soles escribiendo las cartas de amor que muchos cadetes enviaban a sus enamoradas.

De hecho, su estancia en el colegio militar fue tan traumática que esa experiencia sería el «combustible» literario que posteriormente daría forma a su celebérrima obra La ciudad y los perros.

Mientras estudiaba Letras en la Universidad Mayor Nacional de San Marcos, se alquilaba como «negro» para señoras limeñas adineradas.

Para que nadie malinterprete el término «negro» y lo entienda por algo sicalíptico, decir que así se denomina a los escritores que escriben para luego otro firme en su nombre el texto.

Con posterioridad y durante su estancia en Francia, trabajó en la agencia de noticias France Press y en la Radio Televisión Francesa, e inclusive llegó a ser profesor de español en la parisina Academia Berlitz.

Una vez resuelto el problema del condumio, alcanzada ya una cierta celebridad como escritor, también se atrevió como director de cine e inclusive hizo sus «pinitos» como actor teatral.

Incluso artesanos manuales

Es el caos de Joan Marsé, el autor catalán demiurgo de libros inolvidables, como puedan ser El embrujo de Shanghái o La muchacha de las bragas de oro, que antes de poder vivir de la literatura trabajó muchos años en un taller de joyería.

Es posible que por la «deformación profesional» que produce el pasar muchas horas al día engarzando piedras preciosas y realizando labores de orfebrería, la prosa de Juan Faneca Roca, ese es su verdadero nombre, se vertebra a través de textos sumamente detallistas.

Como hemos visto, dedicarse a la literatura puede llegar a producir inclusive callos en las manos, algo que los escritores, una vez que han logrado cumplir su sueño de juntar una palabra detrás de otra, pueden recordar incluso con añoranza.

Fuente – EL PAÍS / vozpópuli / IMPEDIMENTA / Juan Marsé en Wikipedia

Imagen – Mike / björn hornemann / Weldon Kennedy / Needpix / Daniele Devoti / Moritz Barcelona

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