Traducción editorial: vocación más que dinero

La escritora y traductora Nuria Barrios publica La impostora, un ensayo donde nos habla del oficio de traductor y la precariedad en la que viven los mismos, muchos de los cuales son retribuidos por el número de palabra de la traducción y con unos emolumentos anuales que hace que solo el 72% de ellos se dediquen a ello a tiempo completo

Son muchos los oficios y profesiones que están instalados desde hace décadas en la más absoluta de las precariedades, y uno de ellos es la figura del traductor editorial.

Ahora esa situación la pone negro sobre blanco la escritora y traductora Nuria Barrios en su ensayo La impostora, donde reivindica a los traductores y sus traducciones como una de las «patas» esenciales del negocio editorial.

Una traductora «pata negra»

Nuria Barrios (Madrid, 1962) es una escritora proteica que ha recibido los más importantes premios literarios a nivel nacional, pero también es una experta traductora.

Su labor de traducción se ha centrado en los últimos tiempos en autores anglosajones, traduciendo textos de James Joyce, John Banville y más recientemente de la poeta afronorteamericana Amanda Gorman.

Ahora, en la editorial Páginas de Espuma edita La impostora, un ensayo que reivindica la labor de los traductores como una de las piezas esenciales del negocio editorial, cuya labor genera anualmente alrededor de 300 millones de euros.

En el ensayo seremos testigos de cómo la traducción es un empleo mal pagado, instalado en la más absoluta de las precariedades, y que tiene poca consideración dentro del negocio editorial en nuestro país.

De hecho, es una profesión tan menospreciada que muchos traductores se las ven y se las desean para que su nombre aparezca en letras grandes al comienzo de la obra, siendo su labor esencial cuando se trata de autores extranjeros.

Brecha de género en un importante volumen de trabajo

Por si lo anterior no fuera suficiente, el oficio de traductor es una profesión que en nuestro país está feminizada y donde las traductoras muchas veces no aparecen en los créditos de los libros que han traducido.

El ensayo ha servido, hasta ahora, para generar controversia y debate sobre las malas condiciones laborales y poco reconocimiento que tiene una labor que Umberto Eco llegó a definir como “la verdadera lengua de Europa”.

Se estima que de los libros que las editoriales lanzan cada año, entre el 16% y el 27% son traducciones de obras originales en otras lenguas.

Eso supone, que las ventas de esos libros traducidos generan, depende también de la tirada de cada obra, casi 300 millones de euros.

A pesar de ello, y como esos datos son solo de parte con las cifras de liquidación de derechos de las editoriales, es posible que la cifra sea mucho más abultada.

Al calor de la pandemia

El texto de La impostora comenzó a pergeñarse durante el primer confinamiento del 2020, como un mero ejercicio literario sin pretender, como luego se ha producido, que el original se haya transmutado en un ensayo.

Barrios que cuando comenzó a transitar por los caminos de la traducción ya tenía una sólida carrera literaria como autora, confiesa que perdió la inocencia cuando comenzó a ver los textos desde una visión de traductora.

Para ella una traducción es siempre una reinterpretación del texto que realiza el traductor, y la esencia de la traducción es poder responder la pregunta de cómo traduces, más que plantearse qué traduces.

Dos oficios enfrentados

A pesar de que se podría pensar que la relación entre autores y traductores es simbiótica, nada más lejos de la realidad.

Autores y traductores, las más de las veces, se tratan con precaución, cuando no con un abierto desdén, como si se produjese una lucha sobre quién tiene más posesión sobre el texto.

A pesar de ello, y tal como se refleja en el ensayo, Nuria Barrios considera que para su labor de traductora le ha ayudado mucho ser también autora y creadora de universos literarios.

Tal como refleja en La impostora, han existido muchos escritores consagrados que también fueron traductores: ahí tenemos a Octavio Paz o Julio Cortázar que aportaron su visión de autores para las traducciones que realizaron.

Por otro lado, Barrios piensa que para ser un buen traductor – traductora en su caso – no es obligatorio ser también un autor, si bien es cierto que aunar ambas condiciones permite ser más audaz en las traducciones.

Sudar palabra a palabra

Por lo general, las editoriales pagan a los traductores por el número de palabras que tiene la traducción, obviando elementos indispensables como es el estilo literario utilizado.

Además, como ya hemos indicado, los traductores se las ven y se las desean para que su nombre aparezca en los créditos, perdón por utilizar un término audiovisual, y se reconozca públicamente su aportación al libro.

Los aproximadamente 3.200 traductores literarios que existen en nuestro país viven, por lo general, en una precariedad absoluta, entre otras razones debido a que existen muchos sistemas tarifarios para pagar su trabajo.

Con los datos del 2015, un traductor en España cobraba anualmente una media de 5.319 euros por su trabajo como traductor, y con esas cifras no es extraño que solo el 72% de ellos tengan la traducción como única ocupación laboral.

Por otro lado, no existe una buena consideración social con respecto al oficio de traductor, y eso es así especialmente si la que traduce un texto literario es una mujer.

La traducción es, además, un trabajo feminizado, como pasa en otras profesiones como puedan ser la enseñanza o la rama sanitaria.

Un babel de lenguas

Internarnos en el mundo de la traducción, como se hace en La impostora es navegar en un mar de diversidad cultural, un piélago que enriquece personalmente a los traductores y traductoras.

A pesar de que en España se traducen obras literarias en decenas de lenguas, el idioma predominante, como en otros sectores, sigue siendo el inglés, que copa la mitad de las traducciones que se realizan en la UE.

En todas las épocas ha existido una lengua predominante: durante muchos siglos fue el latín, después pasó al español y al francés, y actualmente la lengua franca es el inglés, y quizás en un futuro próximo lo sea el chino.

Inclusive algunos autores, como ha sucedido con Amanda Gorman, imponen a sus traductores en los diversos idiomas.

En el caso de la autora de La colina que ascendemos exigió que la traducción al castellano la realizase una mujer activista, poeta y afrodescendiente, llegando a vetar a varias profesionales por no cumplir esas características.

Fuente – el diario

Imagen – Kate Ter Haar / Nenad Stojkovic / Elieen Mak / Dan DeLuca / Panoramio / Gergely Schmidt / Leo Gonzales

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