“Tres años en las cámaras de gas”, el desgarrador testimonio de Philip Müller

casitodaslasletras01122016

“Tres años en la cámara de gas”, publicado por primera vez en castellano por Confluencias narra la experiencia del checo Filip Müller como miembro de un Sonderkommando en un campo de exterminio nazi. Su testimonio también fue esencial en los Juicios de Fránkfort que se llevaron a cabo en 1964

De la mano de la editorial Confluencias se publica por primera vez en España Tres años en la cámara de gas, el testimonio de Filip Müller, que recoge cómo el III Reich perfeccionó sus técnicas de genocidio, entre otros, del pueblo hebreo.

Pilip Müller llego como deportado a Auschwitz en la primavera del año 1942, en una fase del genocidio judío que León Poliakov denominó la época de los “asesinatos caóticos”, etapa que se desarrolla desde la invasión de la URSS hasta la derrota definitiva del i mperio nazi.

Antes de la fase de los “asesinatos caóticos” la infraestructura para el exterminio de los judíos se contabilizaba solo con cuatro unidades móviles de Einsatzgruppen – camiones y autobuses dónde se gaseaba a los judíos con los gases generados por la combustión del motor. Esas cuatro unidades seguían a las tropas de la Wehrmacht en su avance por Rusia.

Pero llega un momento en el cual se comienzan a levantar auténticos campos de exterminio dónde se gaseará de una manera planificada y en magnitudes industriales con grandes cámaras de gas estancas dotadas de motores diésel. Campos de exterminio de ese jaez fueron Belzec, Sobibór y Treblinka.

Sin embargo Hitler y sus secuaces demostraron que todavía era posible un grado más de horror y salvajismo: Auschwitz dónde se comenzó a utilizar Zyklon B, un gas derivado del cloro, para el exterminio masivo de judíos, gitanos, deficientes mentales, homosexuales e izquierdistas.

Es a Auschwitz dónde llega deportado un Müller de 20 años de edad, donde se verá obligado, para sobrevivir, a participar en esa industria del exterminio en la cual participaron también una buena parte de la burocracia del Reich alemán.

Müller participó solo en una de las etapas del exterminio judío, etapas que han sido bien radiografiadas por Raúl Hilberg, en quizás más sangrienta del genocidio, en este caso auxiliándose de las cámaras de gas.

La primera etapa del genocidio de los judíos europeos supuso la creación de un andamiaje jurídico – las leyes de Nürembreg de 1935 – que dividió a los ciudadanos alemanes entre arios y judíos. Estos últimos fueron desposeídos de su ciudadanía alemana y sus bienes fueron expropiados.

A partir de otoño de 1941, y con media Europa bajo la bota nazi, comenzó la siguiente fase que se vertebró con el encierro obligatorio de la población judía en grandes guetos que fueron construidos en las principales ciudades europeas que estaban en manos de los alemanes. Es en esta etapa cuándo nuevamente se despoja a los judíos de lo poco que todavía poseían.

A pesar de que se ha tendido a correr un tupido velo sobre la colaboración de la población alemana con los nazis, algo similar a lo que en España se ha hecho con el franquismo, se calcula que el 95% de la población alemana se benefició de los bienes que fueron expropiados a los judíos.

Es en ese contexto cuándo Müller, nacido en la ciudad eslovaca de Sered de Waag, es enviado a Alemania como trabajador en virtud de los acuerdos que el gobierno colaboracionista checoslovaco tenía con la Alemania nazi.

En esas fechas, enero de 1942, se celebra la Conferencia de Wannsee, en dónde se crean las directrices de la Solución Final, la decisión por la cual toda la maquinaria nazi se coordina para exterminar totalmente a 11 millones de judíos europeos.

A partir de ese momento los diferentes campos de exterminio se ponen a competir para ver cuál de ellos es capaz de exterminar más judíos y con las tecnologías más novedosas para llevar a los asesinatos en masa a otro dimensión.

Müller pasó a formar parte, durante 3 años, de lo que se denominaba Sonderkommando, esto es, grupos de prisioneros, judíos habitualmente, que desarrollaban labores auxiliares en las cámaras de gas y en los hornos crematorios. Entre las penosas labores que desempeñaban se encontraban en acompañar a los vestuarios a los que iban a ser gaseados.

Los Sonderkommando también se dedicaban a clasificar las pertenencias de los exterminados para enviarlas posteriormente a Alemania, vaciar las cámaras de gas de los cadáveres y llevarlos a los hornos crematorios o a las fosas comunes donde eran enterrados.

Los miembros de los Sonderkommando se alojaban en barracones separados del restos de los prisioneros, que los rehuían por el olor a muerte que tenían impregnados en el cuerpo y la ropa y porque eran considerados como un sinónimo de muerte.

También se les acusaba de estar insensibilizados ante la muerte. Escritores como Primo Levi fueron los primeros que se dieron cuenta del íntimo dolor que sufrían muchos de los Sonderkommandos.

La insensibilidad ante la muerte no era otra cosa sino una adaptación de supervivencia, un bloqueo sensorial y mental para evitar que su trabajo los llevase a la locura. Además los miembros de los Sonderkommando eran finalmente también asesinados ya que los nazis no querían a nadie vivo, que no fuesen ellos mismos, para que nadie pudiese contar los horrores que se llevaron a cabo en los campos de exterminio nazis.

Müller salió tocado de la experiencia, y a pesar de que sobrevivió, un enorme sentimiento de culpa había arraigado en su subconsciente por lo que tardó 35 años en reunir el valor como para plasmar su experiencia en un libro.

A pesar de su dolor por lo que había hecho, el testimonio de Filip Müller fue decisivo para que en 1944 se pudiesen redactar los Protocolos de Auschwitz, que fueron hechos públicos por la BBC y difundidos en las grandes cabeceras de prensa norteamericanas como un testimonio del horror.

Müller también fue testigo en los Juicios de Fráncfort del año 1964 lo cual se supuso un enorme dolor al tener que volver a enfrentarse con lo que hizo, aunque fuese obligado por la supervivencia.

Solo será a partir de 1979 fue cuándo, con ayuda de un escritor, pudo plasmar su experiencia en los campos de exterminio en un libro. Casi al mismo tiempo pasó a formar parte de la Shoah con otros Sonderkommandos. Ahora, por primera vez, ese libro se publica en español bajo el título de Tres años en las cámaras de gas.

Más información – “El impostor”, la nueva novela de Javier Cércas

Fuente – El Mundo

Imagen – Andrea Puggioni

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